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Notas de prensa

La voz del interior - 14 de diciembre de 2014

Diego Golombek: “Cuestiono la idea de lo sobrenatural pero quiero ver qué le pasa a un cerebro que cree”

Por Demian Orosz

El biólogo y divulgador Diego Golombek viene a Córdoba a presentar Las neuronas de Dios, un libro en el que indaga el origen de los fenómenos espirituales. ¿La religión viene determinada genéticamente? Estamos "cableados" para creer, dice el científico.

El cerebro es un portal místico. La especie humana viene “cableada” de origen para admitir presencias, escuchar voces y ver bultos (de carácter sobrenatural) que se menean. La religión es un hecho biológico, radicado en los seres humanos a nivel genético. Todos buscamos, como se sabe, verle la cara a Dios. Y aunque el Eclesiastés asegure que hay un creador que puso la eternidad en el corazón de los hombres, hay mentes inquietas que se empeñan en buscarlo más bien por el lado de la cabeza y su entramado neuronal.

La de Diego Golombek es una de esas mentes. Con todo el rigor de un buen ensayo de divulgación científica y toques de humor que incluso le quitan solemnidad a las notas al pie, el biólogo e investigador escribió Las neuronas de Dios (Siglo Veintiuno), un viaje por los trabajos de investigación y los experimentos que intentan establecer cómo se producen y dónde radican las experiencias religiosas.

Las neuronas de Dios, cuyo subtítulo es Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, sumerge al lector en historias de derviches que llegan al trance por la vía de la danza o ciudadanos sin túnicas que se sienten iluminados. Analiza casos como los supuestos 21 gramos (el peso que se le atribuye al alma) que abandonan al cuerpo en el paso al más allá, y prueba cómo se desempeña por ejemplo bajo la luz de la ciencia el furor místico y guerrero de personajes como Juana de Arco, que ciertas hipótesis atribuyen a los estados que provoca la epilepsia (llamada, justamente, la “enfermedad sagrada”).

Hacia el final, el capítulo titulado “las drogas de Dios” indaga los vínculos probados entre el consumo de sustancias como el LSD, el peyote o la ayahuasca y las alucinaciones de carácter sagrado. Y recuerda que hay grandes defensores del origen químico de las religiones.

Golombek insiste: eso que llamamos Dios y todo el abanico de vivencias trascendentales que irradia su idea son fenómenos naturales que pueden ser explicados sin apelar a los cielos. Lo cual no lleva al científico a considerar a las religiones como residuos supersticiosos. Se puede tener mal oído para la religión, como decía el filósofo Richard Rorty, pero eso no implica sumarse a las cruzadas del ateísmo militante. Golombek no quiere convertir a nadie.

Para presentar su libro y hablar de estos temas, el científico, escritor y conductor de exitosos ciclos televisivos de divulgación como El cerebro y yo vendrá esta semana a Córdoba. Mantendrá un diálogo con el rector de la Universidad Nacional de Córdoba, Francisco Tamarit, el miércoles 17 a las 19 en la en la Facultad de Odontología (Valparaíso y Haya de la Torre, Ciudad Universitaria).

La fe en evidencia

–¿Tenés recuerdos de experiencias religiosas o contactos con lo sobrenatural?

–Como digo en el libro, todos los niños son religiosos y creyentes, aunque después la vida te va engañando y te lleva por otro lado. Yo no fui una excepción. No tuve una educación religiosa, pero tengo una familia de tradición judía, con abuelos religiosos, inmigrantes, por lo cual sí mamé bastante de los rituales que tienen que ver con lo religioso. En una época, como buen niño, por supuesto que hablaba con Dios y creía en algún tipo de presencia superior, que después fui dejando de la lado con el correr de la vida, la educación y finalmente la ciencia.

–¿Te considerás agnóstico, ateo, escéptico?

–En cuanto a cuestiones sobrenaturales o dioses, me considero ateo. En general uno es ateo frente a algo, frente a determinado concepto de Dios. Yo lo expandiría a cualquier cuestión sobrenatural, que es un atajo para decir que no entendemos algo y por lo tanto se lo achacamos a alguna cuestión que está más allá del entendimiento. Todo, en el fondo, tiene una explicación natural, si bien en algunos casos no podemos explicar muchas cosas con la ciencia y la tecnología que tenemos.

–¿Te imaginás cómo hubiera sido este libro si fueras religioso?

–De alguna manera es algo que trato en el libro. Ante todo soy un científico, un investigador, dirijo un laboratorio. Hay muchos científicos, pero muchos, que son religiosos. Yo me pregunto si eso es compatible, y llego a la conclusión de que no es compatible. Tal vez en la superficie sí, de hecho ningún científico tiene problemas a raíz de sus creencias y puede hacer los experimentos que se le canten. Pero si hurga un poco, si rasca y se va en profundidad hacia las bases, la ciencia y la creencia sobrenatural organizada como religión son diametralmente opuestas. La ciencia se basa en la evidencia, la religión se basa en la fe. Por lo cual no hay reconciliación. Por lo tanto, pienso que no podría haber escrito este libro siendo creyente.

–¿Hay diálogo entre ciencia y religión?

–Yo afirmo que venimos con las creencias innatas; después, eso se organiza culturalmente en forma de religión. De hecho, para el libro entrevisté a científicos que son profundamente religiosos y son re contra capos en lo suyo. Un neurólogo, por ejemplo, me comentaba que cuando se enfrentaba a la evidencia de que hay áreas del cerebro que se encienden ante los fenómenos espirituales o religiosos, le causaba cierto desasosiego y se ponía bastante nervioso, porque era como poner el dedo sobre las creencias y decir: esto no es sobrenatural, está ahí en tu cerebro, vos lo estás creando.

–De todas maneras, sos muy respetuoso y en general no buscás confrontar con los creyentes...

–Es absolutamente deliberado, y además es una respuesta al ateísmo militante, la visión que tienen grandes popes de la divulgación como Richard Dawkins y Sam Harris, a quienes por otra parte admiro muchísimo. Ellos directamente enfrentan a la ciencia con la religión y se ponen en una posición superior: nosotros somos los racionales, ustedes son los nabos que creen en cualquier verdura y venimos a contarles de qué se trata. Vienen con la antorcha del conocimiento a evangelizar. Claramente, esta postura de ciencia versus religión no lleva a ningún resultado, porque nadie quiere ser evangelizado o convertido.

–¿Entonces?

–Entonces, mi propuesta, en vez de usar el “versus”, esa preposición tan opositora, es usar el “de”, hablar de una ciencia de las religiones: tratar de entender científicamente qué le sucede a un cerebro religioso sin meterme con preguntas que claramente no tienen nada que ver con la ciencia. Por ejemplo, la pregunta por la existencia de Dios, que no es una pregunta científica. A la ciencia no le interesa, no tiene por qué meterse en eso. Se debe dedicar a ver qué le pasa a un cerebro que cree en Dios, y no hacer preguntas metafísicas que no son parte de las ciencias naturales. En este sentido, si bien cuestiono profundamente la idea de lo sobrenatural, creo que lo cuestiono desde un lugar desde el cual un creyente puede sentirse interpelado. Pero no ofendido. De hecho, las reacciones que he recibido en el poco tiempo que hace desde que salió el libro son muy buenas. Incluso de gente que no está de acuerdo, o de personas que a lo largo de su vida tuvieron algún tipo de experiencia o visión mística y nunca pudieron entenderlas. Y ahora pueden decir: ah, no es que un ángel se me vino encima, sino que es algo que crea tu cerebro. Eso puede dar además una sensación de profundo alivio. Uno no está loco.

Dioses innatos

–¿Te imaginás un mundo sin religión?

–Uhh, es una pregunta para John Lennon más que para mí. A ver: lo que yo propongo, y muchos otros también, es que las creencias son innatas, constituyen un fenómeno natural, y que la religión lo que hace es organizar socialmente eso que traemos de fábrica. ¿Podríamos organizarlo de otra manera? Por supuesto. Pero las creencias van a seguir estando allí y el fenómeno religioso va a aparecer de una u otra manera a través de la historia evolutiva. Justamente, uno de los orígenes de mi libro fue la siguiente pregunta: ¿cómo puede ser que en pleno siglo XXI, con tantos avances científicos y tecnológicos racionales, la enorme mayoría de la gente siga considerándose creyente y religiosa? El 90 por ciento de la población se asume de esa manera, y esto no puede ser solamente cultural. Uno tiene entonces que asumir que hay también una base biológica, que no te podés sacar de encima por decreto, como hizo por ejemplo la Unión Soviética, y que claramente no funcionó. O como se pretendió hacer por decreto en las colonias donde había esclavos; allí tampoco se pudo borrar de un plumazo a las religiones que tenían.

–¿Preferirías un mundo sin religión?

–Uno podría preguntarse si para tener un código ético, una moral, una forma de organización comunitaria, es necesario sí o sí tener una religión. Ahí yo opino que no, digo que como humanos somos capaces de organizarnos socialmente más allá de la religión. Pero este tipo de organización históricamente es tan fuerte que no es posible anularla. Al mismo tiempo, uno podría ver el vaso medio lleno, preguntarse por qué hay que sacarse de encima a la religión y apreciar las ventajas de una cohesión dada por creencias comunes, lo que le da mucha fortaleza a las sociedades. Todas las religiones se basan en la solidaridad, en la ayuda al otro, aunque algunas cumplan con eso más que otros; bueno, en realidad hay individuos que cumplen mejor o peor con eso. Hay fenómenos vinculados a la religión que evidentemente han sido muy beneficiosos en cuanto a obtener respuestas. Resumo: ¿se puede imaginar un mundo sin religión? Me parece que no. ¿Yo lo querría? En algunos aspectos, sí.

–Cuando hablás de las drogas de Dios, contás una experiencia con la ayahuasca. ¿Buscabas algún tipo de vivencia mística?

–Fui con mucha curiosidad, y al principio me debatía en una doble personalidad: la personalidad del investigador, al estilo de un Carlos Castaneda en Las enseñanzas de Don Juan, o sea alguien que busca entender qué está pasando en ese ritual, y la experiencia del usuario, alguien que se concentra en lo que le está pasando a sí mismo y tira la toalla. Yo iba con la curiosidad previa de haber escuchado y haber leído sobre experiencias místicas alrededor de la ayahuasca y otros fármacos, y quería ver qué pasaba. Claramente tuve efectos alucinatorios, vi cosas, que sin duda me pertenecen y tienen que ver con mi historia. Los sentidos cambian durante el fenómeno alucinatorio, ves distintas las luces y a las personas, pero en mi caso particular no tuve visiones particularmente espirituales, místicas o religiosas.

Humor sagrado

Tanto en Las neuronas de Dios como en otros de sus libros, el humor es un rasgo fuerte en el estilo de Diego Golombek. “La ciencia es seria pero no debe necesariamente ser solemne –dice el biólogo–. Yo estoy haciendo un libro de divulgación científica, y por lo general cuando hacemos eso nos olvidamos de la literatura. Pero un libro es un objeto literario y uno lo hace para que la gente lo quiera leer y se entretenga”.

“Esto no significa que uno pueda mandar fruta –aclara–. La parte científica tiene que ser absolutamente rigurosa. Pero una vez que el rigor científico está asegurado, todo vale. Todos los recursos que te permite la literatura pueden jugar. Como en este caso, se pueden utilizar analogías, metáforas, tramas, personajes, ficción, y por supuesto humor. A mí lo que me interesa es que la gente lea este libro apasionadamente. Me encantaría que lo lean en el bondi o en su casa, que les resulte atrapante. Y que finalmente lo que los tenga atrapados sea un argumento científico.

 

Perfil

Diego Golombek (1964) dirige el laboratorio de cronobiología de la Universidad de Quilmes. Es autor de cientos de trabajos de investigación y de libros como El cocinero científico, Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll) y Cavernas y palacios, publicados en la colección “Ciencia que ladra” que él dirige para Siglo Veintiuno Editores. Ha conducido los ciclos televisivos Proyecto G y Desde la ciencia. Junto a Mariano Sigman, conduce por Canal Encuentro el programa El cerebro y yo, en el que realizan ejercicios, pruebas y desafíos para conocer a fondo el funcionamiento del órgano que constituye una de las estructuras más complejas del universo. Hay capítulos en YouTube.

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