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Notas de prensa

ADN Cultura - 6 de diciembre de 2013

Pensar la violencia

Por Alejandro Katz

La socióloga Claudia Hilb confronta sin rodeos la adhesión automática que parece reclamar el pensamiento progresista

Se ha publicado entre nosotros un libro breve e importante, cuyas lecciones son varias y profundas. A la vez afirmación de ideas y principios e interrogación de una de las zonas más controvertidas y dolorosas de la historia argentina es, también, una revisión minuciosa de la complacencia con la cual la enunciación más allá de toda prueba de valores virtuosos impide aun hoy revisar una historia política que tanto por sus prácticas como por los regímenes que ellas podrían haber establecido debe ser puesta en discusión. Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta , de Claudia Hilb, es un infrecuente ejercicio de radicalismo filosófico cuyas conclusiones no son las de alguien que tiene algo para decir sino las de un pensamiento que sólo está atento a las exigencias que se impone a sí mismo. Integrado por seis ensayos escritos entre 1998 y 2012, el libro de Hilb tiene por vocación, en palabras de la autora, "confrontar el automatismo con que una parte del pensamiento progresista [...] reacciona frente a los acontecimientos, sirviéndose muchas veces de clichés que ya han perdido cualquier atisbo de reflexión verdadera".

El libro no elude las cuestiones fundamentales: ¿es posible justificar la violencia política? Si no lo es, ¿hay alguna diferencia entre la violencia de las organizaciones revolucionarias y la violencia ejercida por el Estado para reprimirla? Esa diferencia, si la hay, ¿es política, moral o jurídica? ¿Es sólo una diferencia de grado, o también de naturaleza? De cómo se responda a esas preguntas no sólo dependerán las ideas que podamos tener en relación con nuestro pasado reciente, sino también las maneras de pensar y de actuar en el presente sobre ese pasado, porque todavía es necesario saber, como ha dicho la autora, si es posible "construir una comunidad después del crimen" tanto como resolver la tensa relación entre justicia y verdad.

Las respuestas ordinarias que nuestra sociedad ha dado a estas preguntas están más atentas al juicio que al entendimiento; es por ello que uno de los méritos de Usos del pasado radica en que el libro no hace lugar a las ideas recibidas ni a las pasiones que alimentan los discursos sobre la historia con grados diversos de las emociones. Si hay una pasión -y sin duda la hay- es la del pensamiento, entendido como la técnica más extrema de indagación de lo real, haciendo caso omiso de las seducciones que los afectos proponen a la razón.

"La primera pregunta que ha de guiarnos -escribe la autora- es la del impacto de la violencia política sobre la posibilidad misma de la existencia de la política", lo que contraría el sentido común progresista que ha ensayado infinidad de argumentos autoexculpatorios para justificar la lucha armada. La respuesta de Hilb es categórica: "Si podemos pensar la acción política como la intervención, por medio de la exposición pública en una escena compartida, en los asuntos comunes, y a la escena política precisamente como aquella en que se despliega la tensión entre modos de hacer y de opinar sobre lo común [...] entonces la acción violenta instrumental se nos aparece como una manera extrapolítica de intervenir en lo común", por lo que la consecuencia de la violencia es "la destrucción de la escena de lo común, y la generalización de la lógica instrumental y guerrera". Hilb muestra cómo para las organizaciones armadas la violencia era un método racionalizado para el fin último -la toma del poder- y argumenta por qué, para aquellas organizaciones, la política no fue el ámbito deseado o adecuado para la resolución de los conflictos: "En el horizonte de aquellas organizaciones se alza la utopía de una sociedad que ha superado el conflicto social, y por ende la necesidad de su expresión política". Al analizar la "fenomenología de la acción colectiva" de las organizaciones de la izquierda revolucionaria encuentra suficientes argumentos para afirmar que lo propio de la experiencia de esos grupos puede serlo también "de los grupos de derecha, fascistas, nazis o de cualquier signo integrista." La puesta en escena que la autora hace de una violencia antipolítica cuyos rasgos principales son independientes de la ideología con la que se la ampara no la lleva a homologar la violencia de las organizaciones armadas con la violencia producida por el Estado. "Al hacer, desde el lugar del poder y la ley, de la ilegalidad su norma, el terrorismo de Estado produce un daño [...] que es incomparable al de cualquier acción insurreccional." Incomparable por la "desproporción" en la cantidad de víctimas y por los métodos empleados pero también por los valores de unos y de otros: "Me atrevo a afirmar que [...] la mayor parte de la gran masa de jóvenes que se vio atraída por el accionar político en la efervescencia de los años setenta creyó con sinceridad en la posibilidad de construir un mundo más justo". Es quizá esta la única frase del libro en la que la autora pierde pie, ya que es más bien posible que "la mayor parte" de aquellos jóvenes hayan actuado por una combinación de razones, entre las cuales la "sincera creencia en un mundo más justo" podía seguramente coexistir con una voluntad desmedida de poder y de grandeza, con conflictos generacionales, visiones del mundo maniqueas y simplificadoras y con grados diversos de irresponsabilidad e irracionalidad.

No es sin embargo esta debilidad lo que hará que Usos del pasado pierda su carácter extraordinario en un paisaje intelectual y político ganado por los afectos y los intereses y escaso de razones públicas. La severidad de su argumento y la exactitud de su formulación le han valido a la autora diversas condenas en las redes sociales, del mismo modo en que Hannah Arendt fue atacada después de la publicación de Eichmann en Jerusalén . Como en aquella ocasión, lo que irrita en el libro de Hilb es su insumisión: ella decepciona a quienes habían esperado un apoyo surgido del sentimiento. Como dijo de Arendt su biógrafa Elisabeth Young-Bruehl: "Pensar, que es lo que nos prepara para hacer juicios sobre el mundo, incluso sobre las cosas más horribles que han ocurrido en el mundo". Una tarea tan difícil como fascinante, que Hilb lleva a cabo con una maestría excepcional y que espera, todavía, respuestas a la altura de la discusión que propone..

 

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